La Inteligencia Artificial ha llegado para quedarse, también en el ámbito de la educación universitaria. Su integración en los procesos de enseñanza, aprendizaje e investigación constituye ya una realidad consolidada que interpela directamente a estudiantes, docentes e instituciones. Ante un recurso ampliamente accesible y progresivamente universalizado, el enfoque no puede ser la prohibición, sino su utilización consciente, informada, responsable y ética.
Nos encontramos ante herramientas extraordinariamente poderosas, capaces de mejorar de forma exponencial la productividad en el binomio enseñanza-aprendizaje. La IA generativa facilita la búsqueda y sistematización de la información, estimula y apoya el proceso creativo y de redacción académica, optimiza la organización del estudio y abre nuevas posibilidades para la investigación. Sin embargo, su potencial solo se despliega plenamente cuando se emplea con criterio (preferiblemente, en áreas de conocimiento que nos resultan familiares), con espíritu crítico y con un conocimiento claro y preciso de sus limitaciones (imprecisiones, alucinaciones, información sesgada… todo ello camuflado bajo el disfraz de una presentación léxico-semática perfecta, que nos lleva a confiar en lo que nos ofrece la IA y adoptar frente a ella un rol de mera validación y no de verdadero cuestionamiento).
De ahí que uno de los principales desafíos actuales de la utilización de la Inteligencia Artificial en el ámbito académico sea la formación de los usuarios —tanto docentes, como estudiantes— en el uso adecuado de estas tecnologías. No basta con saber utilizarlas desde un punto de vista instrumental: resulta imprescindible comprender su funcionamiento, identificar sus sesgos, evaluar sus riesgos —en términos de fiabilidad, privacidad o de integridad académica— y aprender a integrarlas de forma legítima en el trabajo universitario. La Inteligencia Artificial no sustituye el pensamiento crítico, ni el rigor metodológico, propios de nuestro ámbito, sino que debe actuar como una herramienta complementaria que contribuya a reforzarlos.
En este contexto, el papel del profesorado universitario adquiere una especial relevancia. Los docentes no solo debemos adaptar nuestras metodologías a un entorno tecnológico en constante transformación, sino también asumir una función orientadora y formativa de primer orden. Acompañar al estudiantado en el uso responsable de la IA, promover buenas prácticas y contribuir a una verdadera alfabetización digital y ética constituye hoy una dimensión esencial de la actividad docente. Se trata, en definitiva, de favorecer la adquisición de competencias que resultan ya imprescindibles para el desarrollo académico y profesional de nuestros estudiantes.
La UNED ha desarrollado distintas Guías para un uso académico responsable de la Inteligencia Artificial, cuya lectura recomendamos: https://www.uned.es/universidad/inicio/institucional/areas-direccion/vicerrectorados/innovacion/iaeducativa.html
La incorporación de la Inteligencia Artificial a la educación superior no es una opción futura, sino un proceso en marcha. La cuestión no es si debe utilizarse, sino cómo hacerlo de manera que contribuya a una Universidad más innovadora, rigurosa y comprometida con la formación integral de sus estudiantes. En ese camino, la reflexión pedagógica, jurídica y ética debe avanzar necesariamente de forma conjunta.
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